Ojalá que me perdonen estimados
lectores, pero como ustedes saben, estoy obsesionada con el tema de
liderazgo. A la luz de que en poco tiempo tomarán posesión un nuevo
presidente (bueno por lo menos eso dijo el IFE) nuevos gobernadores,
alcaldes, legisladores federales y locales, es importante discutir de
nuevo, qué características de liderazgo deberán de tener los nuevos
líderes electos o los que tomarán las riendas políticas del País.
Depende
en parte de cuál es la visión que tenemos sobre cuáles son los
problemas fundamentales del País y qué nos espera en los siguientes
años. ¿Necesita México líderes que le dé prioridad a decisiones basadas
en consensos políticos, dado que será la única forma de avanzar en las
reformas? Entonces el País requiere buenos negociadores.
¿La
situación nacional requiere de líderes que impongan soluciones por la
degradación política del País? Entonces el siguiente líder del Ejecutivo
deberá ser una persona firme en sus convicciones. ¿El futuro mandatario
deberá tener un gabinete absolutamente fiel, o buscar rodearse de
secretarios que le puedan proporcionar diferentes perspectivas? La
respuesta en parte depende de qué tantas habilidades tenga el Presidente
de supervisar a sus subalternos. ¿Debe el nuevo presidente inspirarnos y
hacernos creer en el futuro de México o la táctica debería ser subrayar
en una forma pragmática y realista los serios problemas que enfrentan
el País y los sacrificios que se requerirán para cambiar este rumbo? Un
buen líder inspira, pero al mismo tiempo no crea expectativas falsas.
¿Continuar apoyando la mayoría de las políticas públicas impulsadas en
los últimos años o el futuro de México requiere una gran sacudida puesto
que el actual esquema simple y llanamente reprobó? ¿Podrá la
gobernabilidad del País en esta coyuntura sobrevivir un trascendental
revolcón político? ¿A qué se le debe de dar prioridad, al problema de la
pobreza o a la inseguridad desbordada en el País?
La respuesta a
estas últimas tres preguntas nos define si la personalidad de los
nuevos lideres debe de incluir o no algunas características
autoritarias.
Mucho se ha especulado acerca de si el
liderazgo está intrínsecamente ligado a la inteligencia. Probablemente
haya quien piense que ser inteligente es un requisito indispensable para
ser un buen líder, y quizá tenga razón. Pero la capacidad de un líder, a
fin de cuentas, no se define por su inteligencia, y aunque es una
herramienta básica, la disciplina y el propio interés se suman a ella
como factores indisolubles. Podríamos buscar ejemplos de personas
extremadamente inteligentes, muy brillantes, que fueron muy malos
líderes. Una persona muy inteligente y que pretende saberlo todo, es muy
probable que caiga en la soberbia.
Los líderes soberbios por lo
regular terminan siendo malos dirigentes pues no buscan asesoría en
ninguna de las áreas y desembocan en el fracaso, porque finalmente
sabemos que nadie, absolutamente nadie, puede saberlo todo ni ser
experto en todos los temas. Por el contrario, encontramos ejemplos de
personas que no tienen una inteligencia extrema y que ni siquiera son
brillantes, pero que poseen otras cualidades tal vez más importantes
para un líder, como la capacidad de empatía, el control emocional, el
poder seleccionar un buen equipo de trabajo y, sobre todo, la conciencia
de sus propias limitaciones. Muchas personas tratan de ligar el tema de
la inteligencia con su capacidad de liderazgo, pero yo diría que por el
contrario, más que ligado a la inteligencia lo está a la disciplina, a
la capacidad de reconocer que el liderazgo es un proceso de aprendizaje
que dura toda la vida.
Un líder que no es socialmente inteligente
es muy difícil que logre ejercer un liderazgo efectivo. Un líder
socialmente ignorante actuará a partir de su instinto sin pensar en las
consecuencias. Nunca analizará los efectos de sus actuaciones ante el
público y jamás le preocupará su desarrollo con la gente; por lo tanto,
sus decisiones afectarán no sólo la imagen que de él percibe el pueblo,
sino incluso los resultados en el momento de buscar consensos o de
resolver problemas. Por el contrario, un líder inteligente siempre
estará preocupado por su aspecto social más que por su imagen de líder.
Buscará mejorar su desenvolvimiento frente a sus semejantes, esto es,
hará uso de un lenguaje adecuado, tanto verbal como no verbal. Un líder
inteligente logrará una mejor empatía con su equipo y con sus electores
en tanto llegue a entender la importancia de su comportamiento social.
A
fin de cuentas, un buen liderazgo es simple y sencillamente el
ejercicio correcto del poder, la búsqueda de las decisiones correctas.
Dick Morris, reconocido y controversial consultor de la Casa Blanca y
autor de “El Nuevo Príncipe”, explica: “El arte del liderazgo es
mantener un impulso lo suficientemente adelantado como para controlar
los acontecimientos y mover la política pública sin perder el apoyo
público”.
Del dicho al hecho…

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